La educación es un mundo inmenso donde, como en cualquier otro sector, caben propuestas de nicho. Ejemplos de diversificación en ámbitos aparentemente concurridos hay muchos: Glamping Hub y Kampaoh con el turismo de naturaleza, Universal DX y Acurable con la tecno-salud, o Scoobic y Solum con la movilidad sostenible.

En el caso de Seabery, una startup onubense cuyo germen se remonta a 2010, la propuesta de valor consiste en “producir y desarrollar tecnologías formativas mediante visión artificial que ayuden a hacer más eficientes los procesos de adiestramiento de los soldadores”, explica el fundador y presidente ejecutivo, Basilio Marquínez.

 

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Aunque parezca poco sexy, el soldador es una pieza fundamental de la industria automovilística, aeronáutica y ferroviaria, entre otras. Paradójicamente, el puesto escasea a nivel mundial por dos razones: la falta de interés de los jóvenes por esta actividad y un sistema de aprendizaje lento y caro.

Para cerrar esta brecha, Seabery ideó Soldamatic, una solución integral que incluye la estación de trabajo (un simulador de realidad aumentada similar al tamaño de un ordenador de sobremesa), una app para que el profesor gestione todo el proceso formativo y una plataforma de e-learning dirigida tanto al instructor como al alumno.

“Gracias a nuestra tecnología, el docente conoce al dedillo el desempeño del alumno, controla la gestión del curso desde su app, incluida la creación de contenido vía asistentes de Seabery, y monitoriza en tiempo real la actividad de todos los alumnos, revisándola posteriormente con opciones visuales y gráficas que recogen los parámetros involucrados en la soldadura”, detalla Marquínez.

Por su parte, el aspirante a soldador ejecuta las prácticas en el simulador, “que es absolutamente portable y permite tanto al profesor como al alumno conectarse desde cualquier parte a través de un servidor virtual”.

Bajo un esquema B2B, Seabery vende su tecnología principalmente a empresas industriales y centros formativos. Ya ha colocado alrededor de 4.000 simuladores en unos 80 países, el software funciona en 25 idiomas y el precio del paquete estándar ronda los 18.000 euros.

La startup dispone de dos productos más, Soldamatic Robotics y Soldamatic Mobile. El primero implica aprender a soldar mediante un brazo robot. “El problema es similar al de la soldadura manual, pero con el añadido de que el operador debe saber soldar y programar un robot: son dos conocimientos en uno”, señala el fundador de Seabery.

Con Soldamatic Mobile, se plantea más bien una batalla narrativa. “Los jóvenes quieren ser youtubers o futbolistas, y el método clásico de enseñanza de este oficio tiene inconvenientes: hay chispas y humo y puedes quemarte la córnea. Lo que pretendemos es que estos chavales tengan un primer acercamiento a los básicos de la soldadura a través de la realidad aumentada. Así es mucho más atractivo”.

 

seabery aprendiz

 

Quien se acerque a esta esfera debe comprender el premio que sobrevuela. “Los soldadores están muy bien remunerados. Los que tienen experiencia y alta cualificación son como Robert DeNiro: eligen la película donde actúan. La edificación residencial es lo más básico y ahí un sueldo quizás está en 2.000 ó 3.000 euros al mes”.

Curiosamente, la formación de Basilio Marquínez no es técnica. Estudió un mix de empresariales y derecho en CEU San Pablo (Madrid), siempre con el emprendimiento en la sangre. “Me molesta que en este país se hable negativamente de los empresarios. ¿Y qué pasa con el riesgo empresarial? Por cada negocio exitoso hay miles que fracasan, y esas personas han puesto su patrimonio y su estabilidad familiar en juego y al final se quedan con la deuda y el problema y sin ayuda”.

Seabery se ha financiado hasta la fecha con recursos propios, abriéndose paso en mercados tan exigentes como el estadounidense sin el sostén del venture capital. Tal vez las tornas cambien este año con una ronda minoritaria. “Nuestros planes de crecimiento para los próximos cinco años son muy ambiciosos, así que sería bueno sumar a un compañero de viaje”, concede el presidente ejecutivo.

Para retratar el ecosistema tecnológico andaluz, Marquínez recurre a la imagen clásica del género emprendedor. “¿Por qué no pensar que Andalucía podría llegar a ser el Silicon Valley europeo? Málaga es un ejemplo inspirador y yo le tengo a esa ciudad envidia sana. En Huelva, Seabery es rara avis, de ahí que barajemos la opción de abrir una oficina en el PTA. El hub malagueño simboliza el trabajo bien hecho. Estar allí es ganar visibilidad”.