Bajo la condición del anonimato, un alto asesor del Gobierno español en cuestiones del cambio climático lanzaba hace unas semanas el siguiente vaticinio: “Haga lo que haga la humanidad, los fenómenos de altas temperaturas, subida del nivel del mar y desertización ya son irreversibles. El dilema que se le plantea a las potencias mundiales es otro: ¿Están dispuestas a consentir que, en el mejor de los casos, vivamos como una familia acomodada de los años 50? Porque las alternativas son terroríficas. En un escenario caótico, puede ocurrir que la única solución sea colonizar la misma Tierra y vivir en burbujas como las que algunos plantean construir en otros planetas”.

Exagerada o precisa, esta voz de la comunidad científica avala algunas de las soluciones planteadas por la economía del bien común, la teoría del decrecimiento y la economía circular, movimientos con un denominador común que subraya que el modelo capitalista, basado en el consumo ilimitado en un entorno de recursos finitos, debe permitir cuando menos ciertas modificaciones de calado en ámbitos como la producción energética, el ciclo de vida de muchos productos (tecnológicos o no), los valores de las grandes corporaciones y la actitud del consumidor.

Por sorprendente que pueda parecer, a la humanidad siguen tentándole más las misiones imposibles que los proyectos de rescate. Entre los vaticinios del Institute for the Future, think tank radicado en Palo Alto (California) y fundado en 1968 para planificar el futuro a largo plazo, están el teletransporte, la invisibilidad y la aparición de los primeros cerebros puramente sintéticos. Elon Musk es el fundador de SpaceX, compañía especializada en vuelos interestelares. El gerontólogo Aubrey de Grey afirma que los medicamentos para conservar la juventud llegarán en un lustro y que la vida eterna es factible. China ultima la construcción de una luna artificial que permitiría al dragón asiático replicar la gravedad del satélite (seis veces menor que la de la Tierra) cuando las circunstancias lo aconsejen. Y así sucesivamente.

 

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La realidad, sin embargo, es tozuda. Ahí están los informes del Grupo Intergubernamental de Expertos sobre el Cambio Climático (IPCC) como avanzadilla de la ONU. Para afrontar el desafío de las próximas décadas deben operarse transformaciones a tres niveles: en el ámbito político, donde entidades como la Unión Europea vienen endureciendo el marco normativo a dudosa velocidad; en el sector privado, donde mucho tienen que decir los Estados-Plataforma (Google, Amazon, Facebook, Apple); y en el ámbito estrictamente personal.

 

Europa quiere ser el primer continente climáticamente neutro. A través del Pacto Verde Europeo, la Comisión ha formulado un conjunto de propuestas para reducir las emisiones netas de gases de efecto invernadero al menos un 55% de aquí a 2030 (en comparación con los niveles de 1990) gracias a diversas medidas en materia de energía, transporte y fiscalidad.

 

Más difícil resultará moldear el papel de los gigantes tecnológicos, embarcados en una renovación permanente de sus dispositivos (cualquier fabricante de smartphones, ordenadores o auriculares presenta varios modelos al año) y entregados a la obsolescencia programada. Aquí, en las entrañas del sistema, se libra la verdadera batalla, aunque quizás el contexto (escasez de microchips y de materias primas como el litio y las tierras raras) ayude a estas empresas a implantar decisiones que atentan contra su cuenta de resultados aunque sean beneficiosas para el planeta.

 

El tercer vértice de este triángulo del cambio es el consumidor, cuyo inmenso poder aún no ha dado lugar a una verdadera revolución. Tendencias como el slow living, el movimiento maker o el regreso a lo vintage (vinilos, cámaras analógicas, juegos de mesa, máquinas recreativas) anticipan un comportamiento más medido donde la trazabilidad, el mensaje sostenible y la autosuficiencia impactarán en el modo de hacer negocios y acercarse al cliente. En pocos años la generación Z será la que ocupe el centro de la pirámide demográfica. Los sociólogos advierten que, pese a ser nativos digitales, estos jóvenes buscan claramente la armonía entre lo tecnológico y lo artesanal.

 

Además de la salud de la especie humana y de los animales que todavía la acompañan, en esta era se dilucidará el aspecto de la sociedad del futuro. Al hecho de que el Estado del bienestar no pase por su mejor momento se une la certeza de que las conquistas de la innovación serán financiadas en muchos casos no por las administraciones públicas sino por instituciones privadas. La vacunación contra el covid es un buen paralelismo de lo que podría ocurrir con otras disrupciones: el ritmo de protección de la población ha estado marcado en gran medida por el nivel socioeconómico de los países. En resumen, los ricos han sido más rápidos que los pobres.

 

Dentro de dos o tres décadas la salud y el porvenir de las personas en cualquier rincón vendrán condicionados por las medidas contra el calentamiento global que se hayan tomado, por el termómetro del capitalismo y sus mercados y por los avances de la ciencia y la tecnología. ¿De qué servirá que unos pocos puedan vivir 150 años si la mayoría muere, como ahora, a los 80 (en Occidente)? ¿Quién se beneficiará de los brazos robóticos? ¿A qué ciudades ayudará el internet de las cosas? El escenario que viene implica retos hacia fuera (conservación de la naturaleza) y hacia dentro (igualdad de derechos y deberes en un tiempo incierto) en lo que sin duda constituye el puzle más complejo de la historia.