Tal vez hace una década, tal vez hace dos, la sostenibilidad fuese una moda destinada a maquillar los usos y costumbres de una empresa. Las advertencias del IPCC (subida del nivel del mar), de la Comisión Europea (cambio climático) o del CSIC (riesgo de tsunamis en la costa española) todavía no eran alarmantes. Poco a poco, sin embargo, se moldeó un cambio extraordinario de tendencia. Apple y Google comenzaron a incluir en sus informes no financieros ciertos compromisos medioambientales. Gigantes del textil (Inditex) y el calzado (Nike) recalcaron su preferencia por materiales y procesos menos dañinos con el entorno. Blackstone, uno de los bancos de inversión más potentes del mundo, avisó de que en adelante sus apuestas tendrían siempre en cuenta la eco-etiqueta. E incluso South Summit, el evento de startups más destacado de España, incorporó este año a su lista de valores irrenunciables dicha filosofía verde.

Indudablemente, la pandemia ha acelerado esta transición entre lo deseable y lo imprescindible. Dos años después del latigazo del covid, la opinión pública mundial lanzó un mensaje claro: si la humanidad quiere sobrevivir, las cosas tendrán que hacerse de otra forma. Es imposible vivir en una casa sin cuidarla. Se abre así, para regocijo del emprendimiento, un gigantesco océano azul con dos aproximaciones, la de los negocios basados íntegramente en lo sostenible y la de aquellos otros que, ofreciendo soluciones diferentes, empapan sus procesos de dichas prácticas (minimización de la huella de carbono, reciclaje). Quien piense que rentabilidad y sostenibilidad son elementos excluyentes, sólo debe analizar las historias de cinco unicornios europeos recientes: Northvolt (sueca), Arrival (británica), Lilium (alemana y con participación de Ferrovial), Neoen (francesa) y la española Wallbox.

Un ejemplo del primer caso (empresas sostenibles en la forma y en el fondo) es Auara, fundada por el sevillano Antonio Espinosa de los Monteros, quizás una de las voces más prestigiosas de esta pujante conciencia colectiva. Su firma embotella agua “100% reciclada y reciclable” y dedica parte de los beneficios a financiar proyectos de potabilización en países en vías de desarrollo. “He tenido la suerte de viajar y descubrir lugares en los que la pobreza es algo muy extremo, y cuando lo vives en profundidad, no como turista sino desde la realidad cotidiana, cuando ves esos retos y dificultades, descubres también a las personas. Compartir me hace feliz. Das lo que tienes y recibes de lo que no tienes. He intentado llevar esta premisa a mi trabajo para que no se quede sólo en mi tiempo libre”, explica el CEO de Auara, que ha sufragado 107 infraestructuras en 18 países desde su fundación en 2015. Respecto al reto climático, Espinosa de los Monteros exhibe un optimismo a prueba de bombas. “A veces somos demasiado alarmistas. Creemos que vamos a destruir el planeta, pero cambiar todo un sistema económico con 7.500 millones de habitantes (muchos de ellos consumiendo de forma desmedida) no será sencillo. Un horizonte de 20 ó 30 años equivale a milisegundos en la historia de la Tierra. Los cambios serán muy positivos y van a llegar, aunque nos pueda la impaciencia. Auara, simplemente, pone su granito de arena”.

Solum
Solum

 

Partir con ventaja.

Es cierto que la normativa comunitaria, los gustos del mercado y la propia narrativa de esta era empujan al sector privado en la dirección adecuada, pero también lo es que determinados segmentos lo tienen más fácil que otros. La movilidad urbana colecciona ya opciones amigables con el medio ambiente, tal y como demuestran tres referencias andaluzas, Solum, Activacar y Scoobic. La primera, cofundada por Luis Muñoz, plantea la instalación de “islas energéticas en el pavimento” como puntos de recarga de patinetes, bicicletas, motos y vehículos ligeros en cualquier punto de la ciudad. Con una ronda de inversión de 750.000 euros levantada hace poco y el objetivo de desembarcar en Madrid, Barcelona, Holanda, Grecia y Turquía, esta firma opera actualmente en Sevilla y presta servicio tanto a operadores (Voi y Reby) como a empresas, hoteles y centros comerciales que quieran obsequiar a sus clientes con este valor añadido. “La realidad es que los coches eléctricos son caros; por eso es muy interesante esta movilidad ligera mediante vehículos mucho más asequibles para cualquier tipo de persona. El usuario ideal es aquel que cubre trayectos de entre cuatro y ocho kilómetros a diario nutriéndose sobre todo de la flota ofrecida por las compañías de movilidad compartida. Pagar por el servicio más que poseer será el signo de los tiempos, resolviéndose de paso el problema del tráfico en las ciudades”, pronostica Muñoz.

Activacar
Activacar

Eduardo Medina es el CEO de la malagueña Activacar, creada en 2020 con la intención de suministrar un servicio de movilidad 100% eléctrica que incluye los vehículos y los puntos de recarga. De manera similar a Solum, los clientes finales son hoteles, empresas y conjuntos residenciales. El sistema es sencillo para el viajero. “El usuario reserva el vehículo, lo abre, gestiona todo a través de la app y paga por ahí. Es un coche de ida y vuelta, nunca se deja en otro punto. Diría que es un modelo muy escalable porque el mercado es enorme”, opina antes de lanzar su veredicto sobre el emprendimiento verde. “La sostenibilidad va a ser transversal y va a afectar al 100% de la sociedad. Esto genera un gran impacto. Obviamente, la movilidad va a estar ahí, si no por la conciencia de los ciudadanos, sí por las exigencias que impone Europa en el tema de las emisiones de CO2. Estamos deteriorando el entorno a una velocidad alarmante y hay soluciones para rectificar este rumbo”.

Scoobic, por último, fue una de las ganadoras de Startup Andalucía Roadshow, una iniciativa de la Consejería de Transformación Económica para colocar en el escaparate mundial a cinco empresas de la región con especial proyección. Su flota de vehículos eléctricos de última milla está concebida como una fuente de “rentabilidad para las empresas” sin renunciar a la preservación del planeta.

 

Luces que encienden el decorado.

La generación de energía es la otra cara de este binomio, y aquí entra en juego Woodswallow, volcada en la eficiencia de contadores y cargadores y encargada de desarrollar soluciones para una de las principales multinacionales del ramo. Manuel Álvarez dirige desde Londres a un equipo de 47 empleados procedentes en muchos casos (sin ir más lejos, el suyo) de la renombrada Escuela de Ingenieros de Sevilla. “La ingeniería -reflexiona- es una forma de usar la ciencia para mejorar las condiciones de bienestar de la sociedad. Usamos la tecnología para mitigar el cambio climático. Todos mis trabajadores son conscientes de que están poniendo el talento propio a disposición de la sociedad; esto es muy gratificante y por eso se extienden en parte estos modelos de negocio. El dinero no es siempre el motor. En nuestro caso, la recarga del coche eléctrico y la gestión energética de la casa son las formas que tenemos de contribuir a esa mejoría pendiente. Las casas formarán parte de los generadores distribuidos de energía y van a exportar a la red también. Tendrás tu panel solar y tu coche conectado, pero puedes hacer trading de energía en la red mientras simultáneamente ayudas al planeta”.

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Equipo de WoodSwallow

Desde un ángulo más financiero actúa Fundeen, una plataforma que permite a particulares invertir en proyectos de energías renovables. Liderada por Nacho Bautista, esta compañía de “rentabilidad sostenible” tiene fuertes intereses en Andalucía, donde ha promocionado diversas plantas fotovoltaicas (dos en Málaga, una en Almería y otra inminente en Alcaudete, Jaén). “Nuestros factores diferenciales son la transparencia y la responsabilidad. Ni queremos letra pequeña, ni damos información o números difíciles de entender. La inversión en un sector como el de la energía, que es el que genera la mayor parte de las emisiones de CO2 en el mundo, es un acicate para nuestros clientes a nivel personal, porque entienden que con sus ahorros ayudan a construir un mundo mejor y encima ganan dinero con ello”, pormenoriza el cofundador de Fundeen.

 

Control remoto, mesa y mantel.

La agroindustria es otra de las bazas macroeconómicas de Andalucía, potencia europea donde las haya. Ornavera surge precisamente para solventar uno de los principales desafíos del agricultor: las vicisitudes del clima y la salud del cultivo. Uno de los cofundadores, Tomer Wax, describe así la propuesta: “Aplicamos una tecnología de internet de las cosas a través de unos sensores que miden aquellas variables que afectan al crecimiento de cada planta. Sabemos que si concurren equis condiciones tanto de clima, como de suelo, como de agua y fertilizante, habrá mejores o peores resultados. Entregamos en tiempo real esos datos para que cada agricultor revise si alguna de esas variables no casa con el estado óptimo. Más que ahorrar, se trata de optimizar recursos. Andalucía, con su suelo y su metereología, cuenta mayoritariamente con cultivos intensivos. Nuestra herramienta es perfecta para ellos”.

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Wax resalta asimismo las exigencias que impondrá el guión. “Los agricultores saben que la sostenibilidad es necesaria. La cuota de metros cúbicos de agua disponible para riego se ha reducido a la mitad, situación que les fuerza a ser más eficientes con menos recursos, y esto sin contar con una demanda al alza de alimentos en un planeta que en 2050 contará con 10.000 millones de habitantes”.

Cultiply representa un buen complemento en el ámbito agreste. Javier Viña (CEO) ilustra en qué consiste la fermentación inteligente, núcleo de su negocio. “La fermentación es un proceso donde un microorganismo transforma una materia prima (por ejemplo algún tipo de azúcar) en un producto final. Es lo que ocurre cuando se fabrican el queso, el yogur o la cerveza. Esta técnica se usa además sobre el suelo, en la hoja o en parte de la planta para mejorar el cultivo o protegerlo frente a hongos y bacterias. Cultiply optimiza este proceso para lograr rendimientos muy altos y ayuda a empresas del sector a comercializar biofertilizantes  y bioestimulantes o a producir su propia levadura de cerveza”. En su lectura del futuro inmediato, Viña invoca a las grandes corporaciones. “La sostenibilidad ya es una necesidad total. Si ese mandato no se alcanza, tendrá unas consecuencias devastadoras. Las empresas con mayor repercusión son las que deben dar el paso primero, y las startups estarán ahí para convertirse en sus herramientas hacia el cambio con soluciones imaginativas y rompedoras”.

Cultiply
Cultiply

En esta carrera participan cada vez más corredores. Moda (Pantala), distribución de aguas (Aganova) e infraestructuras (Quodus) encarnan otras vías hacia el objetivo del bien común. Liderada por Tom Corlett, esta última demuestra que la estrategia de los océanos azules no es siempre tan rimbombante. “En las universidades (que son nuestro cliente tipo) hay clases que se imparten en espacios desaprovechados y aulas que no se usan y se pueden dividir en lugar de construir más edificios. También existe el problema de las bibliotecas y salas de estudio, donde el 50% del espacio se malgasta porque muchos estudiantes colocan sus apuntes en la mesa y después se marchan. Con los espacios de uso libre, las universidades captan al instante el valor de nuestra tecnología [las de Cádiz, Huelva, Sevilla y Extremadura, la Pablo de Olavide y la Católica de Murcia trabajan con Quodus]. En el otro extremo, están los rectores y equipos que sostienen que no existe semejante problema. ¿Somos sostenibles? Yo creo que sí. ¿O qué es, si no, favorecer que la universidad emplee el espacio que ya tiene?”, plantea.