El Archivo de Indias de Sevilla recoge con minuciosidad el coste que tuvo la expedición de Magallanes para las arcas de Carlos V. En esta relación cabe lo grande (la nao principal, la Trinidad: 330.000 maravedís) y lo pequeño (dos quintales de ciruelas pasas: 750 maravedís), exponiéndose así al lector la antigüedad del big data. Los datos constituyen, al fin y al cabo, un elemento de control económico y financiero, pero también refuerzan el afán de previsibilidad o anticipación que mueve a la humanidad en todas sus expresiones, desde los gobiernos hasta los individuos.

Actualmente, el dato viene a ser una especie de petróleo digital. Es el maná del que se alimentan multinacionales tecnológicas como Google y Facebook a costa, generalmente, de un conflicto con la privacidad del usuario. No queda claro el alcance del problema, pues si bien instituciones como la Comisión Europea procuran poner coto a este abuso, el público al que oficialmente protege sigue recurriendo a estas y otras herramientas y aplicaciones con excesiva alegría. Pero el dato, entendido al menos como concepto esencial, beneficia igualmente a la persona que comprueba el parte meteorológico antes de planificar su fin de semana, al trabajador que debe desplazarse a la fábrica pero duda entre dos rutas más o menos concurridas, al nómada digital que sabe dónde tendrá áreas de conexión 5G y al viajero que sube al avión a una hora y aterriza un rato después en el otro extremo de la Península.

Idéntico principio rector afecta a los emprendedores, dependientes del dato como quien más. Al darle forma a la idea, desarrollar el mínimo producto viable y acudir a esta o aquella incubadora en busca de financiación, lo primero que mirarán los analistas son los KPIs, es decir, las métricas que describen la salud de la empresa y su potencial. Llegado el caso, el ICO o Enisa, por citar a dos prestamistas públicos, harán exactamente lo mismo: peinar los números en busca de una conclusión sobre el riesgo asociado al crédito que se solicita.

 

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Un wearable, por ejemplo los relojes inteligentes de Apple o Xiaomi, proponen al comprador el atractivo de la monitorización de su salud a través de varios sensores (pulsómetros, altímetros, acelerómetros), permiten al ciclista guardar su ruta montañera, registran la calidad del sueño y avisan cuando se produce una inactividad prolongada.

Tinder, Meetic o Happn recurren a la ubicación, los gustos y la edad para facilitarle al usuario la peliaguda tarea de encontrar a su media naranja. De nuevo, cuanta mayor trazabilidad, más será la tranquilidad espiritual del candidato o candidata, pues en esa ensalada de datos adivina ya la posibilidad del flechazo o el rechazo.

Este oro, tangible pero invisible a la vez, palpita en cada esquina: en los mapas en tiempo real de Carto, en las notas que los huéspedes ponen a sus anfitriones de Airbnb, en las pantallas cuasi galácticas de un Tesla, en el frigorífico de casa y en los medidores urbanos de la calidad del aire. La smart city será el paradigma de este imparable fenómeno: ciudades concebidas como APIs (application programing interface, o, si se quiere, conjunto de definiciones y protocolos utilizado para desarrollar e integrar el software de las aplicaciones) a las que una empresa de logística o movilidad deberá conectarse para ofrecer sus servicios.

 

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Pero el centro del poder, el manantial del que brota esta corriente numérica, estadística e infinita, es el teléfono móvil. En esas cinco o seis pulgadas de pantalla se genera más riqueza que en cualquier fábrica del mundo. Semejante conclusión revaloriza más si cabe el brutal hallazgo de Steve Jobs, quien quizás ya imaginaba allá en 2007, cuando presentó el primer iPhone, la magnitud del seísmo. Y, sin embargo, existe una segunda lectura: nunca antes ha existido en la era de la revolución tecnológica un acto de protesta tan poderoso como el simple hecho de desconectar el smartphone.