Si existe una marca profundamente arraigada en Andalucía, ésa es Inés Rosales. Fundada en 1910, sometida en su historia centenaria a diversos vaivenes económicos y rescatada in extremis por Juan Moreno en 1985, las tortas de aceite más famosas del mundo representan, según su todavía presidente, un regreso a la calidez en “los tiempos de lo efímero”.

Todo cuadra en la melodía de Inés Rosales, desde la facturación (15 millones de euros en 2020) hasta su fuerte presencia internacional (35 países en cuatro continentes), pasando por una plantilla de 125 personas donde el 87% son mujeres. Ubicada en el municipio sevillano de Huévar, la fábrica de 10.500 metros cuadrados es un espacio en constante evolución donde la innovación en el producto, el uso de materias primas de primera calidad y la sostenibilidad forman un triángulo virtuoso e irrenunciable.

No hay más secreto que el “anclaje emocional” que une desde hace más de 100 años al consumidor con las tortas de @INESROSALESsau Clic para tuitear

 

La clave del éxito, explica Juan Moreno, es haber respetado y mejorado la receta original. “Las manos de nuestras trabajadoras le dan al producto un trato completamente distinto al que le daría una máquina. Los ritos hoy se están perdiendo y, sin embargo, nuestros consumidores están dispuestos a conservar este rito más de 100 años después”. Antiguo marino mercante, Moreno aplica una máxima de aquel oficio a cualquier empresa actual: se aprende a base de necesidad o uno se convierte en comida “para los pescaditos”.

No hay otro lugar en el planeta donde se elabore una torta como la de Inés Rosales. De feria en feria internacional, Moreno se impuso el reto de explicar el porqué de su producto, el cuándo y el cómo, con resultados más que satisfactorios y un reguero de cartas de agradecimiento de consumidores provenientes de lugares tan remotos como Nueva Zelanda o Canadá.