Si la vida de una startup pudiese observarse en una secuencia fílmica acelerada, habría una idea, un plan de negocio, unos recursos propios y/o ajenos, un producto mínimo viable y una sucesión de fases con distintos nombres en función del estado del proyecto y la magnitud del crecimiento. Según el manual de la historia perfecta, el colofón de este vertiginoso despliegue consiste en una venta multimillonaria a terceros (exit), aunque cabe la posibilidad de que la aventura acabe en fracaso (es lo que ocurre nueve de cada diez veces).

Para que la historia se escriba con letras de oro son necesarias ingentes cantidades de dinero. Y aquí entran en juego modalidades más o menos artesanales (la triple Efe anglosajona: family, friends and fools) y sofisticadas. Entre estas últimas están los business angels, las family offices y el venture capital. En Andalucía, por ejemplo, Aaban arroja el siguiente retrato robot sobre el business angel local: se trata de inversores privados con tíckets medios inferiores a 25.000 euros, tres startups respaldadas por año y la firme creencia de que sus apuestas arrojarán una rentabilidad con múltiplos superiores a 3x. Las family offices, situadas un peldaño por encima en términos de potencia de fuego, son empresas especializadas en la gestión de grandes patrimonios que suelen vigilar el ecosistema tecnológico por su proverbial escalabilidad. Pero las  superligas remiten inexorablemente al venture capital y los fondos de inversión, donde en general unos gestores deciden el destino de los dólares o euros que otros les confían, permitiendo así que las startups elegidas refuercen sus plataformas, plantillas, estrategias y expansión.

Los medios de comunicación prestan especial atención a las rondas de inversión y a su tamaño. Una ronda semilla no viste igual que una tipo C. Aunque la evolución sea magnífica, en España, la cuantía asociada a cada tipología es menor a las habituales en Estados Unidos, Alemania o Francia tal vez por una barrera cultural (presente en menor medida en el resto de la Europa continental) que asocia el venture capital a una incertidumbre excesiva. Pese a estas reticencias, nombres como Seaya, Samaipata, Kibo, Kfund y The Venture City ganan poco a poco peso frente a los fondos estadounidenses, reyes del mambo hasta que se demuestre lo contrario. Como suelen recordar los expertos, el momento es bueno: hay liquidez, los tíckets son cada día más altos y las mejores startups (Glovo, Cabify, Wallbox, Typeform, Fintonic) ya no tienen obstáculos para rivalizar con sus homólogas extranjeras.

Persiste, sin embargo, un viejo problema conceptual. El universo financiero ha vivido tradicionalmente de espaldas al emprendedor, es decir, ha moldeado sus decisiones bajo criterios técnicos que ignoran el factor experiencia. La banca ofrece un clásico caso de estudio: cuando deniega un préstamo a una startup, incurre en el error de evaluarla en función de parámetros convencionales. Una zapatería jamás funcionará igual que una biotech. Los fondos no siempre han ayudado. En su expresión más cruda, su vocación es el crecimiento (cuanto mayor, mejor) y una venta a medio plazo de sus participaciones al precio más jugoso posible, sin importar que la evolución de la startup sea orgánica o, como suele ocurrir, forzada.

Este paradigma vira actualmente hacia un escenario más amable. José del Barrio (Samaipata) fundó La Nevera Roja, o sea, proviene del emprendimiento. Laura González-Estéfani (The Venture City) fue la máxima responsable de Facebook para Latinoamérica y descolló rápido como business angel. Miguel Vicente (Antai Venture Builder) cofundó nada menos que Glovo y Wallapop. Los tres forman parte hoy de organizaciones que aportan recursos, conocimiento y experiencia a numerosas startups, y lo hacen en su doble condición de inversionistas y emprendedores, circunstancia que supone un factor diferencial. Ellos ya estuvieron ahí y conocen al dedillo los mecanismos de la resiliencia y el circuito que conduce a una empresa joven a probar las mieles del éxito.

Andalucía puede perfectamente seguir esta estela. Por una parte, ya cuenta con la base: en la comunidad hay registradas cinco incubadoras, diez aceleradoras (Andalucía Open Future, Minerva) y 12 de los business angels más activos de España. Por otra, el ecosistema cuaja y se amplifica: a actores como Bernardo Quintero (VirusTotal-Google), Joaquín Cuenca (Freepik, BeSoccer), Juan Martínez-Barea (Universal DX), David Troya (Glamping Hub) y Enrique Tapias (Genjoy) se unen paulatinamente refuerzos de gran proyección como Juan Rubio (Genially), Salvador Lora (Kampaoh) o Patricia López (Myhixel).  Por último, se cuentan ya casos de emprendedores transformados en inversores: desde Héctor García (Geographica, vendida a Carto, y Habichuelas Venture) hasta José Murillo (SofiaThinks). De ellos y de otros como ellos dependerá en gran medida la velocidad de giro de la rueda tecnológica: si sus startups dominan los sectores donde compiten, los recursos obtenidos les permitirán no sólo fortificar la estructura que ya tienen sino fomentar que las nuevas generaciones cuenten en su periplo empresarial con un soporte adicional en forma de dinero cualificado.