El concepto de ciudad inteligente sobrevuela desde hace años los medios de comunicación, las redes y los centros de debate. Aun con la tecnología de su parte, gestionar más eficientemente una maraña tan compleja como el tráfico, los residuos, la iluminación, el transporte y la protección del medio ambiente exige un esfuerzo colosal y unos plazos generosos. Esta realidad al ralentí no afecta a la urgencia de la misión. La ONU anticipa que en 2050 casi un 70% de la población mundial vivirá en entornos urbanos. Por contraste, y según el Libro Blanco de la smart city diseñado por la Junta de Andalucía, apenas un 6,1% de los municipios de la comunidad se considera incluido en un “estadio inteligente”. Por tal se entiende aquel en la que ya se ha elaborado un documento de carácter estratégico para pilotar la transición hacia el nuevo modelo.

Tanto la Comisión Europea como la propia Junta de Andalucía ponen a disposición de los municipios diferentes líneas de financiación para abordar la transición entre el viejo paradigma y las nuevas metas. Entre 2021 y 2023, la Administración autonómica y local inyectará 12,26 millones a través del programa de incentivos CITI. En total, ya han resultado beneficiarios más de 500 municipios andaluces. Este programa se enmarca en la estrategia de impulso al desarrollo inteligente del territorio AndalucíaSmart que desarrolla la Consejería de Transformación Económica, Industria, Conocimiento y Universidades, ofreciendo financiación a ayuntamientos y entidades locales andaluzas menores de 20.000 habitantes para  implantar proyectos tecnológicos que mejoren la calidad de vida de la ciudadanía en todos los ámbitos de la ciudad inteligente: economía, movilidad, medio ambiente, sociedad, bienestar y gobernanza.

Consecuencias de la covid-19

En el último año y medio se ha producido un cambio de paradigma. La irrupción de la pandemia y la consiguiente sacudida económica ha puesto en evidencia un notable catálogo de deficiencias, desde la dependencia de las ciudades del suministro exterior en asuntos tan cruciales como la alimentación hasta la conveniencia de suavizar un entorno demasiado volcado con el coche y el asfalto. En este contexto de catarsis se mueve un planteamiento novedoso. Ha de hallarse un equilibrio entre la tecnópolis y la ecópolis. O, dicho de otra forma, en la era post-covid la smart city quizás pueda completar al fin el rompecabezas de la ciudad ideal.

 

La ONU prevé que en 2050 el 70% de la población mundial viva en ciudades.

Domingo Sánchez Fuentes dirige el máster Ciudad y Arquitectura Sostenible de la Universidad de Sevilla. A su juicio, el péndulo de la opinión internacional se mueve en dos direcciones: “Los distintos grupos de investigación son conscientes de que hay un problema ecológico y socioeconómico que afrontar. Unos creen que con las nuevas tecnologías todo se resolverá gracias a la magia de la eficiencia (así surgen las tecnópolis) y otros arguyen que el deterioro es tan enorme que necesitamos un nuevo rumbo donde la tecnología no es suficiente y habrá que modificar también los sistemas de producción y consumo (ésta es la ecópolis)”. La solución no está necesariamente en el término medio aunque haya cosas positivas en ambas líneas de acción. “Existen retos a corto plazo que podrían resolverse con la incorporación de la tecnología, por ejemplo cualquier medición de código abierto para la movilidad y los espacios públicos, o la eficiencia energética entendida como una meta aplicable no sólo a los edificios. Pero no es suficiente. Es necesario incorporar un cambio cultural que sólo llegará en el medio plazo”, afirma este profesor de la Escuela de Arquitectura.

 

Pensar a lo grande

Cualquier avance es imposible sin una revisión a fondo del planeamiento urbanístico. Sánchez reivindica “un modelo de Sevilla que vea más allá del término municipal”; de lo contrario, la “ciudad saludable” será una quimera. “Para ello es necesaria una armonía entre los recursos que consume la ciudad y los servicios que ofrecen los ecosistemas del entorno. La ciudad tiene que dialogar con la biorregión. ¿Y cómo se articula esto? Con una planificación territorial con más competencias, menos rígida y más abierta a los procesos participativos de manera permanente”.

Que el armazón esté incompleto no significa que Andalucía se haya dormido en los laureles. Adolfo Borrero, profesor de la Escuela de Organización Industrial (EOI) y presidente de la comisión de smart cities de Ametic y CEOE, explica que desarrolla este tipo de tecnología desde hace 35 años. “Lo que ocurre -matiza- es que la ciudadanía muchas veces no sabe todo lo que hay ya. ¿Cómo creen que un semáforo regula el tráfico? ¿Y las farolas? La tecnología LED está reduciendo un 70% el impacto energético. La ciudad es hoy mucho más eficiente en la gestión del agua, la optimización de recursos y los nodos de transporte”. En la comunidad, la referencia de Borrero es Málaga “porque ha mantenido una estrategia de más de 15 años” en lo referente a la movilidad, implantando los sistemas de información de la DGT en los paneles municipales de supervisión del tráfico, apostando por el vehículo eléctrico con “proyectos emblemáticos donde han participado instituciones como el CDTI y empresas como Mitsubishi, Telefónica y Ayesa”, y auspiciando iniciativas como Smart Costa del Sol.

 

Energía, transporte y menor dependencia de los suministros son algunos de los ejes del nuevo modelo.

Aunque Málaga descolle, Borrero guarda menciones de honor para Almería, destino turístico inteligente desde 2015; Granada y su oficina de innovación; y, por supuesto, Sevilla, donde la isla de la Cartuja se ha convertido en un laboratorio de ideas cuya materialización está prevista para 2025. “No creo en las grandes disrupciones, sino en la continua evolución. Vamos hacia el machine learning; los coches autónomos serán un hito importante y llegarán antes de lo que pensamos; la predictibilidad se impondrá no sólo para anticiparse a desastres naturales, también en la hostelería y el turismo; abundarán las comunidades energéticas y el uso del blockchain para los intercambios entre productores y consumidores; la digitalización será crucial en la lucha contra el cambio climático”, pronostica el directivo de Ametic.

 

Las eCities como tablero de juego

Endesa tiene muchas tablas en la liga de la smart city. Tal y como rememora su director general en Andalucía, Extremadura, Ceuta y Melilla, Rafael Sánchez Durán, la primera incursión se produjo en 2009 en Málaga, “donde se lanza una propuesta de ciudad inteligente a partir de la red eléctrica de distribución, la sostenibilidad y la sensorización, pero aquello era un demostrador, faltaba el siguiente paso, que era aterrizarlo todo en el mercado”. Así surge la eCity, que se asienta en un área urbana tan “sencilla de manejar” como el parque científico y tecnológico de Cartuja. En Sevilla, la eCity se articula en torno a cinco grupos de trabajo (energía, transporte, digitalización, edificios y comunicación). El primero es, obviamente, el más cercano a Endesa, cuya misión consiste en “asegurar la calidad de suministro eléctrico actual en la isla de la Cartuja a precios competitivos, obteniendo un parque eficiente y 100% renovable mediante una alianza público–privada que se articulará mediante la fórmula de ecosistema de innovación abierta”.

 

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Unas 600 entidades se han sumado a la eCity de Sevilla (Málaga contará en breve con su propia versión, más centrada en la economía circular). Sánchez Durán desciende al detalle: “La ventaja es que en la Cartuja no hay suelo residencial ni sector servicios, circunstancia que complicaría la actuación. Es más sencillo reclutar al Estadio Olímpico, al hotel Barceló, Isla Mágica, el CSIC y la Escuela Politécnica para orquestar un hub energético de placas fotovoltaicas con conectividad avanzada entre los edificios. El planteamiento pasa por no esperar hasta 2050 para ver los resultados,  sino ponerlos ya sobre la mesa en 2025 sobreequipando esta parte de la ciudad y logrando que afloren dificultades para después trasladar el modelo al mundo residencial y  de servicios, puliendo la tecnología pero también la colaboración”. El desafío no es menor. “Cuando hablamos de un parque científico, la eCity es fácil de justificar en términos de rentabilidad; por ejemplo, si cambias la climatización del edificio de la Confederación de Empresarios de Andalucía (CEA), añadiendo además autoconsumo. Cuando el cliente rehabilita es porque le salen las cuentas. Pero extrapolar esto a un edificio residencial es distinto: la población no suele tener esa liquidez. Serán necesarias medidas para apoyar esta transformación en los barrios”, concluye el directivo de Endesa.

 

Smart City Cluster desempeña un papel intermediador en esta carrera por mejorar el bienestar y la eficiencia de las ciudades. Nacido originalmente en 2014 en Málaga como entidad de ámbito andaluz, en 2019 se trasladó a Madrid ante la ausencia de un organismo similar. “No somos un cluster que empuje la tecnología por sí ni pretendemos instalar 10.000 sensores en una ciudad. Nuestro objetivo es  que la calidad de vida aumente gracias a las inversiones de nuestros asociados. Se han dado casos de proyectos demasiado tecnológicos que no respondían a una estrategia bien pensada. Tecnologías hay para parar un carro, pero primero va la reflexión. Los proyectos deben ser sostenibles medioambiental, social y financieramente, lo contrario es un fracaso para la ciudad y para el proveedor”, razona el director general, Daniel Bootello.

España fue pionera con la elaboración de la norma 178 de Aenor, que señala cuándo una ciudad es inteligente y qué debe hacer para serlo. “La ciudad tiene que estar capacitada para pasar de trabajar de una forma antigua a una forma nueva. Existe una cierta descoordinación, porque hablamos de todos los ámbitos de la vida. No contamos con un mando que coordine la movilidad, la logística, el consumo de energía, la información que se da al ciudadano, los datos que permiten tomar decisiones a los ayuntamientos, y luego encima sucede que el del agua no se habla con el del transporte. Smart City Cluster pretende ser un espejo que una esa oferta tecnológica y de buenas prácticas con las necesidades de las ciudades”, ahonda Bootello.

 

Punto de partida

Los frentes de ataque son múltiples en una ciudad que “se ha empeñado en violar sus límites físicos” y sufre el mal recurrente de la contaminación, pero toda reacción parte de la movilidad, apunta Luis Morales, experto en ecología urbana y smart cities y miembro de la Fundación Renovables. “El transporte ya se digitaliza a través del e-sharing, los patinetes, las motos. Y tiene consecuencias positivas. Si cojo un patinete, estoy más cerca de la parada del metro y esto me acerca al transporte público. Asistiremos a una revolución del transporte. Donde antes había dos o tres operadores, ahora hablamos de 20. A los tradicionales se suman las startups [Solum es una gran referencia] y otros actores. Se habla de la movilidad como servicio más que del coche en propiedad. Entre los millennials se ve claramente. No olvidemos, además, que el transporte representa un tercio de las emisiones de CO2. Electrificar la flota y ofrecer servicios de micromovilidad y movilidad activa ha de ser la base del nuevo modelo. El 80% de los desplazamientos en ciudad se hace para recorrer distancias de 4 kilómetros o menos. Y no hay litio ni cadmio suficientes para que el parque automovilístico actual de combustión fósil sea sustituido por una cifra equivalente de vehículos eléctricos. El coche será eléctrico y compartido, y no habrá dos en cada casa”.

 

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El Plan Respira es el nombre que el Ayuntamiento de Sevilla ha dado a las zonas de bajas emisiones que todos los municipios de más de 50.000 habitantes han de fomentar conforme a la ley del Cambio Climático. Esto entronca con la recuperación de otro plan llamado a restringir el acceso en coche al centro urbano. “Falta ambición, igual que ocurre en Málaga, donde el urbanismo es difuso y el uso del vehículo privado excesivo. En cultura energética, llevamos al menos diez años de retraso con otros países vecinos”, lamenta Morales. El marco jurídico nunca ha sido tan favorable.

 

Otra línea con posibilidades incide en la autonomía alimentaria. Bajo el nombre de Ciudades Alimentadas, la matemática paisajística Lilian Weickert aclara que “no es obligatorio que Sevilla y su área metropolitana, por citar un ejemplo, sean autosuficientes pero sí que crezca significativamente el consumo local”. En el reciente Congreso Gastrosófico organizado por Weickert y su equipo hubo ponentes de todos los perfiles. Uno de ellos fue Vicente Martín, cofundador de la cadena andaluza de supermercados MAS, quien advirtió lo siguiente: “Algunos de nuestros productos igual no hacen que ganemos dinero, pero los hay que hacen que perdamos”. La tendencia hacia lo saludable, sostenible y verificable ha venido para quedarse. “El macro-ordenador que tenemos entre las manos (el teléfono móvil) permite un acceso total a la información, de modo que el cliente siempre sabe lo que compra. Las nuevas tecnologías deberían asimismo optimizar la producción agroalimentaria y predecir lluvias y plagas”.

 

Sumergida en una era compleja donde la globalización también implica compartir problemas y soluciones, la ciudad del siglo XXI nunca ha dispuesto de semejantes herramientas para mejorar. Málaga y Sevilla son, por ahora, la punta de lanza de Andalucía en una carrera cuyo ritmo se acelerará frenéticamente en los próximos años.