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¿Cuál es la misión de una startup?

La premisa de la rentabilidad convive más que nunca con la necesidad de mostrar al público unos valores alineados con un presente complejo y un futuro retador. Esta fórmula no es sólo un ejercicio de idealismo: es la manera de seducir a un consumidor cada vez más exigente.
Startups del sur
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El Fortune 500 es uno de esos ránkings que tanto gustan a economistas, analistas de negocio e inversores. En su edición de 2021, Amazon aparece como la segunda empresa estadounidense por volumen de facturación (386.064 millones de dólares), Apple se coloca justo detrás (274.515 millones), Alphabet (Google) ocupa el noveno puesto (182.527 millones), Microsoft el décimo quinto (143.015 millones) y Facebook el trigésimo cuarto (85.965 millones). Combinado, el rendimiento de los Cinco Fantásticos prácticamente iguala el PIB español de 2020 (1,12 billones de euros). Tan enorme es el peso de las grandes tecnológicas que no pocos gobiernos de Occidente, con la Comisión Europea a la cabeza, intentan ejercer de contrapoder en un movimiento sin precedentes históricos que responde a un hecho inaudito: son ahora las corporaciones, y no los Estados, quienes mueven los hilos de la sociedad. Incluso Joe Biden, presidente del país del que proceden estos tecno-gigantes, ha decidido tomar cartas en el asunto.

Por qué las empresas deben seducir cada vez más al consumidor no sólo con sus productos sino con el mensaje. Clic para tuitear

La acumulación de dominio y dinero no es incompatible con la perspectiva. Al fin y al cabo, siempre existe un origen. En este caso, la  raíz común es la naturaleza startupera de Amazon, Apple, Google, Microsoft y Facebook: todas ellas tuvieron en su arranque un componente innovador y disruptivo, todas sabían que el futuro pasaba por crecer deprisa, todas creían poseer un producto o servicio distintivo que acabaría convirtiéndose en objeto de deseo para decenas de miles de personas a lo largo y ancho del mundo. Obviamente, estaban en lo cierto y hoy constituyen el paradigma del éxito empresarial, pues quemaron etapas siguiendo la secuencia teórica perfecta: desde la modesta botadura hasta la transformación en una multinacional, pasando por la incorporación del venture capital, la adquisición del mejor talento y la ampliación permanente del porfolio. Apple simboliza la trayectoria perfecta: pasó de los ordenadores al iPhone, los Airpods y el Apple Watch sin olvidar su creciente colección de servicios -Apple Music, Apple TV- y resolvió, según la narrativa más aceptada, uno de los principales problemas de la humanidad: su anhelo de comunicación sin límites.

Individuos y organizaciones comparten, sin embargo, la enfermedad de la ambición desmesurada. Alcanzado cierto nivel de riqueza, tanto unos como otras quieren más. Ya no se trata de procurarse un bienestar razonable y afianzar el futuro, sino de consolidar una hegemonía que anula o absorbe a los rivales (es lo que hizo Facebook cuando adquirió Whatsapp e Instagram) y empequeñece el mercado, generándose así la paradoja del salvador monopolístico (“tiene usted dos opciones: o me compra a mí o no le compra a nadie, porque aquellos pequeños negocios tecnológicos donde se avituallaba de vez en cuando han desaparecido”). Semejante realidad refuerza el interés por averiguar qué valores debe enarbolar una startup y cómo puede preservarlos si crece lo suficiente como para arriesgarse a olvidarlos, suponiendo, claro está, que a la misión empresarial se añada por defecto un componente ético.

La premisa de partida podría ser la misma que usó Steve Jobs: demos a la gente aquello que no sabe que quiere. Este deseo latente no tiene por qué ser, únicamente, un objeto o interfaz. De hecho, la pandemia demuestra justo lo contrario. A la nueva startup (igual que a la vieja mega-compañía) se le pide que plantee un escenario mejor. Si Volkswagen electrifica su flota con la idea de reducir drásticamente las emisiones de CO2, Iberdrola crea una división de energías renovables y Uniqlo expande su colección de moda sostenible, cabe pensar que al mercado ya no se accede con una propuesta sin valores medioambientales, económicos y sociales. ¿Constituye dicha meta un peso excesivo para el emprendedor que fía sus ahorros a un proyecto incierto donde lo primordial es la rentabilidad? La respuesta instintiva es que sí, salvo que se le dé la vuelta a la pregunta como a un calcetín, porque puede ocurrir que precisamente esa etiqueta verde, comprometida e igualitaria sea el reclamo más eficaz para atraer un cliente que no sabía lo que quería hasta que los desafíos del ser humano han quedado claros para las próximas décadas, en parte gracias al covid, en parte debido al cambio climático.

Conservar esos valores se antoja más retador. Una startup que pasa de la fase garajera a la etapa semilla, de ahí a una aceleradora y finalmente a una ronda de financiación, dará entrada en su capital a inversores cuyo propósito es obtener un rédito del capital aportado. La presión ambiental sobrevolará las cabezas de los fundadores. Si los recursos se multiplican, también se multiplican las exigencias y es entonces cuando el espíritu primigenio corre el riesgo de estropearse. Hay quienes oponen a esta premisa otra más optimista: ahora son los emprendedores quienes eligen al inversor. Así funciona la ósmosis. Una empresa penetrando en los esquemas del fondo que la sostiene; un fondo contribuyendo con la experiencia de sus mentores a que la startup progrese sin renunciar a aquello que la hace especial. Unicornios e idealistas caben en el mismo traje.

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