Hace ya un tiempo, cuando las veladas entre colegas eran cosa habitual, cierto cineasta catalán pidió la palabra ante la atenta mirada de sus contertulios y proclamó lo siguiente: “Andalucía es el único lugar de Occidente donde el capitalismo no ha triunfado”. Como quiera que la audiencia enarcó las cejas, el autor quiso explicarse. Se refería, en realidad, a la calidez como hecho definitorio de la vida meridional, al papel protector (también en un sentido financiero) que desempeña la familia, al clima como forjador del carácter y a una verdad económica que ningún indicador oficial del bienestar recoge (es posible vivir con poco y no acabar debajo de un puente como ocurriría, por ejemplo, en Estados Unidos). Nuestro cineasta anónimo no lanzaba un dardo a la idiosincrasia andaluza, la elevaba al grado de rarísima virtud.

Y, sin embargo, la penetración tecnológica prosigue a un ritmo similar al del resto del planeta. En una carta al director de un conocido periódico, un ciudadano expresaba su asombro ante el hecho de toparse cada mañana, en los soportales de su edificio, con un hombre envuelto entre cartones mientras veía un programa de chascarrillos en el móvil. Esta paradójica escena confirma una premisa del siglo XXI: la riqueza y la pobreza, la suerte y el infortunio acontecen a pesar de la universalidad de la tecnología. Elon Musk lo diría de otra forma: la humanidad biónica ha venido para quedarse.

 

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Dos elementos concurren pues en Andalucía: por una parte, el capitalismo amable; por otra, la revolución tecnológica. Esta confluencia se ha desarrollado infinitamente en el plano teórico. Si el sol brilla, la comida acompaña y los alquileres en Sevilla o Málaga cuestan tres o cuatro veces menos que en Londres o París; si la universidad adiestra, las ideas abundan y la Administración acompaña, ¿por qué no fomentar el surgimiento de un Silicon Valley mediterráneo? El problema, documentado en abundancia, es que el superhub californiano es irreplicable: nunca antes ni después se ha producido en ningún país del globo semejante trasvase de conocimiento desde el Ejército hacia el sector privado. Además, un superhub monopolístico no es necesariamente la solución perfecta, tal y como demuestra el ecosistema español, con Barcelona y Madrid situadas en el top 10 del emprendimiento digital de la UE y Valencia escalando posiciones a la velocidad de la luz.

Andalucía sí puede, en cambio, jugar al juego de otras comunidades y actuar como lobby en defensa de sus intereses. En la liga de la conectividad-movilidad-flexibilidad, las infraestructuras mandan. Para el nómada digital, Málaga será un destino atractivo porque su aeropuerto ofrece más de 90 conexiones internacionales y está entre los cinco con más tráfico de España). Según este mismo argumento, Barcelona se impondrá por defecto a Málaga en la mente del talentoso expatriado. Para mejorar no basta con sonreír. Conviene presionar de vez en cuando.

A la manera peninsular, otra vía de generación de riqueza y oportunidades es la del ecosistema coral, y aquí los polos pueden construirse con la aportación de la red andaluza de parques tecnológicos. Si Granada es tierra especializada en salud, parece lógico que las empresas biotech nazcan y se reproduzcan allí. Si el PITA almeriense tiene un ojo puesto en la agroindustria, no es descabellado que sea allá donde florezcan diversas firmas de foodtech.

Aunque poco a poco los salarios se igualan con el entorno y un gran programador cordobés tenderá a cobrar el doble que hace diez años, es decir, aunque los costes salariales de las startups andaluzas se equiparan lentamente al de sus homólogas foráneas, las oficinas seguirán existiendo y aquí el factor diferenciador es enorme. Para disponer de un equipo de 20-30 personas, una startup de Silicon Valley gastará 3,67 millones de dólares sumando salarios y oficinas. En Europa, Londres (2,54 millones), Berlín (2,28) y París (2,37) son más gravosas que Barcelona (1,86) y Madrid (1,79), según The State of European Tech 2020, y esto determina que las ciudades andaluzas mejor pertrechadas partan con mayor ventaja aún.

 

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Otra tarea pendiente son los héroes. En una sociedad civil acostumbrada a volcarse con el folclore, una parte de ese esfuerzo debería desviarse hacia figuras empresariales de referencia. Tómese como ejemplo el de Juan Roig, dueño de Mercadona e impulsor por sí solo de Lanzadera, la incubadora/aceleradora más respetada del país. A pesar de que ninguna empresa andaluza se acerca a las cifras de facturación que permiten a Roig ser el gran mecenas que es, la unión también hace la fuerza e iniciativas como Founders Andalucía muestran el camino a seguir.

El puzle lo completa, por último, el eje regulatorio. Anunciada a bombo y platillo, la ley de startups del Gobierno promete diluir las desigualdades fiscales y burocráticas que atenazan a inversores y emprendedores en comparación con Europa, agrandándose así el círculo virtuoso de todo buen ecosistema. El recién aprobado Plan de Emprendimiento de Andalucía irá en la misma dirección.

Si crear una empresa es sencillo, los impuestos no asfixian, el talento nacional y extranjero está a mano, las infraestructuras carburan, el coste laboral es asequible, los héroes inspiran y la colaboración público-privada despunta, no habrá motivos para que la brecha norte-centro-sur se eternice.